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domingo, 28 de febrero de 2010

Impulso lector




No sabía Bita (Benedicta)  que la lectura le proporcionaría tantos beneficios  estéticos, porque si lo  hubiera sabido antes, cuánta pasta y sinsabores se habría ahorrado. A Bita, ingeniera agrónoma de profesión, en la actualidad desempleada, la lectura por placer, sin utilidad  ni beneficio inmediato, le pareció siempre una pérdida de tiempo que sólo podían permitirse los ociosos adinerados, o simplemente los vagos. 
Es bien sabido que en la vida, los principios y las certezas que han dirigido nuestros actos, un día cualquiera se esfuman para demostrarnos qué equivocados estábamos y, lo que es peor, para reírse de nosotros, por pánfilos y cretinos.
El día D de Bita ocurrió un 25 de febrero, la hora H no podía ser otra que las cinco y el lugar un Carrefour cualquiera,  sin  titubeos  compró un libro, el primero que palpó su mano, sacado de un  cajón de todo a 1 euro. Le gustó  por el color de la portada,  amarillo y rojo y porque era pequeño y quedaría perfecto para calzar la mesa de la cocina.

En cuanto llegó a casa, el libro fue a parar debajo de la pata coja de la mesa, Bita observó que, si bien la mesa había dejado de cimbrearse, persistía un ligero temblor en cuanto  le ponía la mano encima. Dispuesta a sacar provecho del  euro gastado, tomó el libro y  calculó  cuántas páginas debería arrancar para que la cuña fuera de provecho. La mutilación alcanzaba hasta la página 274. Ese acto fue su perdición: arrancó de cuajo  las cuarenta y cinco  páginas sobrantes y, en vez de echarlas a la basura, los ojos se le fueron al  siguiente párrafo, que leyó en voz alta: el poeta como un gallo fogoso  parece batir  las alas para prepararse al estallido de la supuesta inspiración. Pensó que esa frase era una estupidez, pero continuó leyendo, de pie, en la cocina, sin entender de qué iba esa rara y absurda historia,  un impulso, que parecía venido del más allá, le despertó la curiosidad y quiso empezar desde el principio la novela o lo que fueran  ese conjunto de hojas impresas; descalzó la mesa para recuperar el resto del libro, como si fuera víctima de un hipnotizador  invisible, se fue con el libro a la bicicleta estática, pedaleó durante una decenade kilómetros mientras leía palabras y mas palabras de una trama incomprensible. Al final de la última frase de la página 274   leyó Vinogradus, como si fuera su fin de etapa  después de atravesar el Tourmalet un mediodía de julio, se echó al suelo, sudorosa y con el corazón palpitante, besaba el libro, reía  y lloraba al mismo tiempo, entre lágrimas y mocos se decía a si misma: 

¿Te das cuenta, Bita?  diez kilómetros, que se dice pronto, y un kilo menos de grasa.  ¡Dios Santo! con este libro incomprensible  voy a conseguir una silueta de sílfide.  

sábado, 13 de febrero de 2010

La buena dirección


      Placa del Pioneer, un mensaje para civilizaciones extraterrestres.


En la playa de la isla se acumulaba la basura dejada por la marea  baja, entre los restos de plásticos, ruedas de coches y una trona en la que se adivinaba el resto de pintura azul, había una botella de gaseosa con el tapón oxidado y dentro de ella un trozo de papel. 
El mensaje de la botella fue echado al mar en el pueblo de Pobra do Caramiñal, Galicia,  el 5  de agosto de 1964, lo firmaba Francisca Pousa. Decía así: 

A quien pueda interesar: tengo dieciséis años, soy bien parecida y busco  un novio extranjero para casarme y tener hijos, me gustaría que fuera americano. El que quiera ser mi novio  que me escriba a la siguiente dirección: calle Lombiña, 16, bajos. Prometo contestar. 

En el papel cuadriculado, una hoja arrancada de un cuaderno escolar y debajo de la firma, la autora del mensaje había pegado una foto recortada. Su propia foto, en la que se apreciaba la timidez adolescente en la sonrisa apenas dibujada en el rostro enmarcado por una melena oscura, repeinada con artificio para disimular las orondas mejillas.

El 7 de octubre de 2009, en la playa de Osprey de la Isla Gran Turca, William  J. Pertierra, de sesenta y tres años, paseaba a Max, su perro mil leches recogido diez años antes frente a la Iglesia de Santa Maria, en Cockburn Town,  donde lo había visto rondando durante días en busca de amo. Le impuso al perro el nombre de Max por el personaje de Luces de Bohemia, obra escrita por su  paisano Valle Inclán.

El tapón de la botella estaba tan soldado al vidrio que no hubo más remedio que romper la botella con una piedra; la hoja de papel doblada en cuatro pliegues, amarilla y quemada en los bordes, conservaba la caligrafia redondilla y la foto intacta de Francisca.  Durante unos momentos, William J. miró al  horizonte despejado en el que se veían los primeros barcos del día llenos de turistas, luego  miró de nuevo  la foto y la firma, se mojó los labios y besó, un poco mareado por la emoción,  el trozo de papel.
-Max, ven aquí. Hay Dios o Diablo ahí arriba que se burla de nosotros. 
El perro lamió la mano temblorosa del amo que se derrumbó sobre la arena, incrédulo y maravillado de tener entre sus manos el mensaje de su antigua vecina y  primer amor de juventud.       

domingo, 31 de enero de 2010

Actividades recreativas

El caballete torcido sostenía un lienzo de treinta centímetros por veinte, en el centro de la tela una mancha violácea figuraba el paisaje que R.H tenía delante. 
-¿Y cómo es posible que un campo de trigo y amapolas tenga ese color de nazareno?
R.H se ajustó la visera, apretó los párpados hasta casi cerrarlos y apuntó el paisaje con su pincel. 
-¡Calla, ignorante! ¡Qué sabrás tú de arte!
La mancha se extendió hacía la izquierda, con una pincelada nerviosa trazó un línea en zigzag que fue a parar al borde superior. 
-¿Y eso qué es? 
La mirada de R.H  se abrió de rabia y  asombro, le habría soltado un sopapo a su amigo L, pero en el último segundo prefirió la pedagogía pacífica y moderna. 
-¿Pues qué va a ser? un árbol, ese que tienes en tus narices, una acacia, un árbol sagrado  cuya madera servía a los  hebreos para hacer sus símbolos sagrados y los egipcios también la tenían en mucha estima. La pinto asi, tal como es, al óleo y usando una técnica antiquísima , pero qué sabrás tú...

L, se limpió la boca con la manga y echó las sobras de su bocadillo de atún a las hormigas que correteaban por el camino, no  quiso discutir con R.H porque sabía que tenia las de perder. Sí, no sabía nada de arte, pero su  amigo tampoco, aunque había que reconocerle la audacia de pintar paisajes sin más instrucción que la lectura de los tres primeros  fascículos de "La pintura, ¡qué fácil!"

-Yo sólo digo que a mi eso que pintas no me parece un árbol, más bien me parece una vela derretida.

Sin inmutarse, R.H mojó el pincel en el rojo y luego en el verde, antes de estamparlo en la parte derecha de la tela, dijo: 

-Lo más importante del dibujo al natural es la línea y su sombra, luego el color.Y ya está. 

-Pues entonces yo también quiero ser pintor.

R.H, no podía creer lo que estaba oyendo: 
-¿Pintor, tú? Venga hombre, para eso hay que tener una sensibilidad especial, como mucho,  tú  servirías para tocar la armónica mientras yo pinto. Pensándolo bien, es una gran idea ¿no te parece?

L reflexionó unos segundos sobre la propuesta,  quizás tuviera razón  R.H,  el instrumento ya lo tenía y sólo hacía falta aprender alguna melodía pegadiza. 
-Vale.
R.H escondió el caballete detrás de una roca.
-Te invito a una cerveza para celebrar nuestra colaboración artística. 
-¡Guay!



lunes, 25 de enero de 2010

África


-Si hubiera alguna posibilidad de regresar, ¿querrías aprovecharla?
-¿Quién, yo?
-Pues claro, a ti te lo digo, ¿o es que hay alguien más con nosotras?
En el camino hasta el cementerio, Cayene Le brun y  Catalina de Siena recogieron dos garrafas de agua, rotas y sucias, que alguien había echado por el terraplén y un trozo de cuerda verde que no alcanzaba el metro.
Cayene llevaba su garrafa  debajo  del brazo izquierdo; del derecho le colgaba una bolsa de supermercado  con dos naranjas reblandecidas, cuatro magdalenas caducadas y un zumo  de manzana, tardó un rato en contestar a Catalina y cuando lo hizo, sonrió  burlona con la boca un poco torcida , dejando ver sus dientes blancos y grandes.
-Pues no, lista, aquí estamos mejor y estoy segura de que vamos a tener mucha suerte y nos haremos ricas, muy ricas, lo sé seguro, lo soñé ayer y hace un mes. Mis sueños no fallan nunca, lo sabes ¿O no?
Se oyó el motor de un vehículo que se acercaba por el camino de tierra, las dos niñas se escondieron entre los matorrales para esperar en silencio que pasara el peligro. Juntaron las cabezas, adornadas por decenas de pequeñas trenzas, y cerraron muy fuerte los ojos hasta que el ruido del camión se convirtió en un lejano zumbido.
-¿Crees que volverán?-  Susurró Catalina de Siena, aún con los ojos cerrados.
Cayene Le Brun, de doce años besó a Catalina de Siena, de trece años, huérfana y criada en un convento de monjas españolas en Malabo.
-No volverán, hoy  ya no. Y no tiembles, venga, que falta poco ¡ Vamos!
La mano de Cayene Le Brun, hija de las calles en un barrio de Brazzaville, arrastró a  Catalina hasta el camino, les quedaba menos de un kilómetro para llegar al cementerio; sin decirse nada  la una a la otra, empezaron a correr  hasta llegar al muro trasero de cementerio, jadeantes y con el corazón saliéndoles por la boca se agacharon para atravesar el agujero, por el que apenas cabían, y entrar en el camposanto. Lo primero fue guardar las garrafas y la cuerda en el fondo del nicho, luego se sentaron con las piernas cruzadas en la entrada y comieron  las naranjas y las magdalenas. Desde alli se veía la luna en cuarto creciente, Cayene la señaló con el dedo  pringoso de naranja, Catalina afirmó con la cabeza mientras masticaba una magdalena.
-¡Qué bonita es la luna!- Dijo Cayene Le Brun, después suspiró como si se hubiera sacado un peso de encima.    
-Sí, y qué suerte tener esta casa para nosotras solas, aqui nadie nos molesta- Catalina pronunció estas palabras mientras encendía uno de los tres cirios, medio consumidos, que guardaban para alumbrarse cuando tapaban la entrada del nicho con un cartón duro donde se leía: The best way of life.
                                   
Ilustraciones del libro  Abroad. Thomas Crane, 1882.
University of California Libraries. 
   

domingo, 10 de enero de 2010

El baile eterno

Barbara Stainwyck


-¿Y qué explicación tienes para todo este caos y estropicio? Ahora me dirás que la culpa es de ella ¿o no?
Hugo lió lentamente su cigarrillo con la mezcla de picadura de tabaco, hecha para él por una tabaquera canaria de Icod. El humo dejaba un rastro de aroma dulce de canela y constituía el anuncio de su presencia: o había estado allí o seguía fumeteando en algún rincón del salón verde, un lugar enorme y destartalado, con el suelo de tablones de nogal, oscuro y agrietado que gemía bajo los pies de los pocos que lo atravesaban de camino a la gran cocina.
-¿Qué? ¿No me contestas?

Hugo echó una bocanada de humo, mientras sus ojos se concentraban en la neblina que desdibujaba la calle solitaria. Desde su butaca desvencijada y roñosa, frente a uno de los cuatro ventanales neoclásicos, veía los campos de cereales y la lejana alameda junta al río. La noche había sido movidita, aunque Hugo intentó aparentar indiferencia y hacerse el dormido, ella estuvo insistente y bronca hasta que consiguió sacarlo de la cama. Todo se lo perdonaba, al fin y al cabo ella seguía siendo una chiquilla y sólo pretendía un poco de atención y carïño, ambas pretensiones estaba dispuesto a satisfacerlas a condición de que ella pusiera una pizca de sentido común en aquella loca relación. Pero no, era cosa imposible que ella hiciera algo sensato por él.

Hugo bostezó, echó otra calada antes de mirar a Carmen, lo hizo sin disimular su cansancio y antipatía por esa mujer que le interrogaba un día y otro también sobre su vida nocturna y las consecuencias en el ajuar de la casa.

-Pues sí, otra vez ha sido ella ¿Y qué? ¿Te importa? La casa es mía y si no te gusta, lo siento mucho, no, no lo siento, es asunto tuyo si no la aceptas. Ella entró en mi vida mucho antes que tú y sigue aquí, y así será siempre, por mucho que te fastidie.

Carmen sonrió de lado, como Barbara Stanwyck, a quien le daba un cierto parecido. Las palabras de Hugo le repateaban, pero reconocía en ellas una verdad a la que nada podía oponer. La tal ella, causante de esas veladas siniestras, no era otra que la antigua novia de Hugo, Rita, una mujer que murió hacía cincuenta años, en esa misma casa y en circunstancias alegres pues fue después de una fiesta cuando Rita resbaló en la escalera, abriéndose la cabeza y muriendo al instante.

La vida, como siempre, continuó y Hugo se casó dos veces, la última con Carmen Desde hacía dos años vivían en la casa familiar, un palacete del siglo XVIII en un pueblo leonés de apenas cuatrocientos habitantes. Los primeros meses en la casa nada ocurrió pero una noche de verano, en la que Hugo dormitaba en una hamaca en el jardín trasero, la silueta de una mujer se paseó ante él, no una, sino varias veces. Y ahí empezó todo, desde entonces, la silueta aparecía todas las noches, sin horario fijo, y siempre en las habitaciones donde dormía Hugo, quien probó todas los salones y estancias de la casa, catorce en total, con la esperanza de que algún rincón estuviera a salvo de la presencia de Rita, pero fue inútil. Rita aparecía, susurraba, provocaba corrientes de aire helado y abría y cerraba puertas y ventanas. Carmen, al cabo de la primera semana de jolgorio nocturno, decidió trasladarse a vivir a un piso de la plaza, junto a la iglesia también propiedad de la familia de Hugo. No creía que fuera un fantasma, Carmen estaba segura de que todo era un plan amañado por él con la participación de algunos de los paisanos del pueblo. Carmen no iba a consentir que una broma tan pueril rompiera su matrimonio, a esas alturas, con un marido a punto de palmarla y un usufructo en camino, aparte de una pensión y un capital en la cuenta corriente nada desdeñable. Había que aguantar todas las memeces de un viejo chocho y hacerlo con buena cara, aunque a veces no pudiera controlarse y echara espuma por la boca.

Miró los libros tirados por el suelo y mezclados con restos de la porcelana rota, del juego de té chino que hasta ayer adornó una de las vitrinas del salón verde, y que debía valer un pastón , qué pena de subasta, pensó Carmen mientras se acercaba a Hugo, que seguía embelesado con el paisaje, le tocó el hombro con delicadeza antes de preguntarle:
- ¿Qué quieres hoy para comer?
- Arroz con pollo, y que esté caldoso.
Con esa instrucción bajó Carmen las escaleras que conducían a la cocina, lo hizo con mucho cuidado no fuera que diera un traspiés y acabara como la otra.
En el salón, Hugo se levantó de la butaca, de pie, encorvado, delgado y consumido se dirigió a Rita, viéndola como al trasluz, con su vestido azul de gorgette que tanto la favorecía.
-¿Cuánto tengo que esperar, Rita? ¿No crees que ya somos mayorcitos para tanto jugueteo? ¿Y ahora también quieres liarla durante el día?
Rita bailó a su alrededor sin que sus ojos se apartarán ni un segundo de los de Hugo, mientras daba vueltas en torno al anciano, le dijo:
-¡No! ¡digo, sí! también de día y a todas horas, vamos a estar siempre juntos- Hugo parpadeó antes de desplomarse en el suelo, aún pudo escuchar  la voz cantarina de Rita:
- Esto solo acaba de empezar, amor mio, dame la mano y bailemos.


domingo, 27 de diciembre de 2009

Mil vidas



Aunque viviera mil vidas ninguna de ellas sería mejor que esta. La frase está siempre en boca de la Loli, actriz de variedades que un día baila como el malogrado Mikel Jackson y al siguiente saca palomas mensajeras de un bombín, en cualquier teatrillo de mala muerte de las ciudades que recorre en su gira europea. Su edad y estado civil es un secreto que jamás desvelará porque sabe que perjudicaría su reputación de actriz polifacética. La Loli tiene gracia y es versátil como sólo pueden ser quienes han crecido en la más abyecta pobreza económica.  ¿Qué dijo La Rochefaucould sobre el ingenio? pues que es imposible gustar al público durante mucho tiempo cuando se dispone de un solo  talento. En desafiar esta máxima se dirige toda la energía de la Loli: canta, se contorsiona, es ventrílocua, practica la magia de cerca y suelta unos recitativos filosóficos que dejan al personal consternado, por su hondura y verdad. Adereza anécdotas propias y ajenas que nunca existieron. Predica paciencia frente a la desesperación a los pocos viandantes que se quejan de su suerte. Confía en el prójimo, que nunca le falla,  cuando entre la mochila y su maleta de ruedas no alcanza a juntar cinco euros. De tanta admiración que siente por su miserable y solitaria vida, la Loli ha conseguido ganarse el respeto de sus semejantes  y una entrevista en la tele local.  

Imágenes NYPL, colección de ilustraciones teatrales de William Worthen Appleton.

jueves, 19 de noviembre de 2009

Zoco



En la plaza donde se entra a la cisterna de las 1001 columnas, Mordechai había extendido en una vieja alfombra tejida en Hereké, una docena de objetos sucios y rotos que nadie quería. Pocas semanas antes había sido uno de los vendedores que ocupan al anochecer, el jardín detrás de la mezquita de Beyazit, vecina al bazar de los libros. La inquina contra él de un guardia y el hurto a una turista, un tropiezo del que se arrepentía por el poco provecho que obtuvo del delito y la mucha desgracia que le causó, le obligó a buscar otro rincón en la ciudad, lejos de los policías secretas que le perseguían.
Durante las últimas semanas se conformó con entrar en casas cuando sus ocupantes las abandonaban para ir al trabajo, pero lo hacía en barrios lastimosos y sólo encontraba cascarria para poner en venta.
La mala suerte contagió los objetos que reposaban muertos sobre la alfombra, que aunque deslucida por la mugre, mostraba el fino dibujo de una puerta florida. En la plaza de la cisterna de Binbirbirek, su mercancía era invisible para los turistas, él mismo se veía como una sombra sin cuerpo. Cuando te tienen ojeriza, reflexionaba  hay que poner tierra de por medio, alejarse de la gente y vivir en soledad hasta que el tiempo borre el recuerdo. Mordechai sabía que el tiempo y la soledad trabajaban a su favor por eso dormía en la plaza, debajo del voladizo de la entrada a la cisterna y, cuando llovía, bajaba hasta la mezquita de Mehmet Pasa y se colaba para dormir en su cementerio, en el cobertizo donde se guardaban restos de lápidas rotas.
A los turistas les cuesta encontrar la cisterna de las 1001 columnas, y quienes daban con ella, pocos eran los que se acercaban con interés hasta su alfombra, pero todo se acaba y un día, dorado y limpio en el que el cielo y el mar del Bósforo relucían como aguamarinas, una mujer extranjera se dirigió hasta donde dormitaba Mordechai, rodeado de gatos y palomas y le preguntó, apresurada y nerviosa, por esa cajita oscura de hueso, la cajita que encontró dos días antes en el jardín de un palacio abandonado en el barrio de Tophane.
-¿Cuánto?
-Señora, treinta liras, es una caja de hueso muy antigua.
Mordechai calculó que diez liras serian suficientes para cenar esa noche incluso con cinco podría comer algo sustancioso, pero la mujer rubia y desgarbada hurgó en el bolsillo del pantalón y sin regatear ni lamentarse del precio, sacó dos billetes, de veinte y diez liras.
-Me la llevo.
La vergüenza enrojeció las mejillas de Mordechai que apenas se veían, ocultas entre las greñas que le caían de la cabeza y la espesa barba, dudó un instante antes de coger los dos billetes, pero al fin los agarró guardándolos en el bolsillo interior de su americana antigua, luego tomó de la alfombra, con delicadeza, un viejo collar de madreperla, el objeto más preciado que tenía y que destellaba bajo la grasa y el polvo como si fuera de esmeraldas. En su opinión, el collar valía al menos ocho liras.
-Este collar va con la cajita, todo junto son las treinta liras.
Pensativo, quiso creer que esas treinta liras y la extranjera significaban el regreso de los buenos tiempos, quizás por esa razón contempló agradecido a la mujer como se marchaba en dirección hacia Sulthanamet. La observó con curiosidad, caminaba deprisa, una ligera cojera le transformaba su paso en  un movimiento cadencioso, un poco sensual pues elevaba su cadera izquierda como si fuera la de una bailarina de ésas que se cimbrean en los locales de fiestas de Beyoglu y que enloquecen a algunos turistas.
A los pocos minutos, se acercó un hombre bien vestido, un funcionario del Registro de Bienes Inmuebles, miró desde su altura la alfombra durante un largo minuto en el que Mordechai tembló porque reconoció que, en efecto, los tiempos buenos habían llegado. El hombre preguntó si estaba dispuesto a vender la alfombra y qué precio pedía por ella.
-No por menos de cien liras, señor.
-De acuerdo, despéjala de toda esa porquería que le has puesto encima mientras voy a buscar el coche. ¿No la habrás robado?

Mordechai negó con la cabeza:
-No señor, me la regaló un primo mío, ha pertenecido a mi familia siempre...
-Seguro que mientes, pero no importa, espera aquí hasta que traiga el coche.
Mientras el funcionario se alejaba, Mordechai leyó en un viejo libro, puesto a la venta y que el viento súbito, abrió por la mitad.
Un mentiroso es como un muerto, lo que hace vivir a un hombre es el poder de la palabra y si ésta es falsa, la vida del hombre muere. 

La releyó un par de veces, para entenderla, para sacar provecho de lo que,  sin dura, era una señal del destino. Mordechai acarició el lomo de un gato antes de soltarle un sopapo para ahuyentarle pues ya el funcionario estaba delante de él, dispuesto a recoger la alfombra. Cuando acabó la transacción hizo un hatillo con su levita donde metió la docena de cachivaches que le quedaban. 






Ilustraciones del libro The Beauties of the Bósforo, W.H Bartlett.Edición de 1838.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Las amigas








-¿Y tú cuánto tiempo has vivido así, como una perra sin amo?


Carmela se mordió el labio inferior, costumbre que arrastraba desde la infancia y que le había producido un callo entre la comisura izquierda y el labio. Para disimular la rugosa y áspera piel, se pintaba un lunar marrón.
-He tenido amos, pongamos que media docena en treinta años, pero ahora me he asilvestrado. Prefiero la libertad a la apacible vida doméstica. Soy una fiera que nada tiene que ver con la pinta de yorkshire que, perdona que te lo diga, tienes tú. Muerdo si me provocan, así que ándate con tiento.
-Antes fuimos amigas ¿o no?
Carmela echó un sorbo a su orujo de hierbas, aspiró el humo del cigarrillo mal liado y hecho de restos de otros que encontraba tirados, entrecerró los ojos, al estilo de Joseph Cotten en Duelo al sol, con quien compartía un parecido físico asombroso, pero en versión femenina.
-Amigas he tenido pocas y tú no eres una de ellas.
-¡Cómo me dices eso! si juntas recorrimos media Europa en auto stop en el año 1973 ¿Es que no tienes memoria? Tú y yo nos peleamos en Verona por culpa de aquel desgraciado, ya no recuerdo ni su nombre.
Otro sorbo de orujo y la mirada de Carmela se encendió como si le hubieran prendido fuego con una antorcha de rastrojos secos.
-¡No fue en Verona! Nos despedimos en la estación de tren de Bolzano, y yo me fui con él, desde entonces tú y yo - cruzó los dedos índice y corazón de la mano derecha, los besó y luego se llevó el cigarrillo a medio consumir a los labios- no nos hemos vuelto a coincidir. Mejor, tampoco tenía ganas de verte ni en pintura, para que lo sepas: me caes gorda, tú, como te llames.
-Me apena oírte decir eso, después de lo que hemos pasado juntas... pero te perdono, estás enferma.
-Ja, ja , me parto de risa –Intentó que pareciera una carcajada sarcástica, pero solo le salió una sucesión de gemidos roncos e indescifrables. Tres ingleses que bebían cerveza sentados en el bordillo de la acera, dejaron de hablar entre ellos para dirigir la mirada hacia las dos mujeres.
-Vete y deja de darme la tabarra.
-Soy Dora, sé que me recuerdas: fuimos amigas en la infancia y casi toda la juventud, siempre nos hemos tenido cariño y ahora he venido a llevarte conmigo, aquí no puedes estar.Con un gesto, Dora avisó a los dos hombres de emergencias sanitarias que esperaban de pie, junto al banco del paseo, para que cogieran a Carmela en volandas y la metieran en la ambulancia. Para asombro de todos no se resistió, con mansedumbre se dejó caer en la camilla y lamió las manos del enfermero.
-¿Lo ves? Soy perra silvestre pero bien educada, se reconocer al buen amo con sólo mirarle a los ojos y éste lo es.
-Sí, es verdad, ése hombre será un buen amo para ti
.
Poco después de que la ambulancia se perdiera de vista con Carmela dentro para ser ingresada en un hospital, Dora cogió el carrito de niño lleno de bolsas repletas de ropa y revistas viejas que eran las pertenencias de Carmela. Con paso apresurado se acercó hasta el contenedor de la basura, revisó las bolsas que al abrirlas olían a comida podrida; en la tercera encontró lo que buscaba. En la bolsa del Corte Inglés había un buen fajo de billetes, los ahorros y las pensiones de invalidez de los últimos cinco años de Carmela. Trabajar en los servicios sociales le había parecido a Dora una humillación, un trabajo muy por debajo de sus capacidades, sin embargo, reconocer a Carmela en la indigente loca del barrio, había sido providencial para las dos y un premio a su trabajo, sonrió y reflexionó mientras se dirigía a su casa, sobre los extraños caminos de la vida: mira que quién me iba a decir a mí, que esa idiota alcoholizada que me robó hace treinta años a Fernando, fuera la benefactora que necesitaba para jubilarme a los sesenta. Quien la hace la paga, gracias a Dios. 

Ilustraciones Agence Eureka

domingo, 26 de julio de 2009

Pito




Cantar mal y bailar peor y ni así conseguía perder la simpatía del público.
-Es mi sino, me he ganado la vida trabajando en oficios para los que no tenía ni habilidad ni gusto por aprender. Quién me iba a decir que con esa poca gracia  que Dios me ha dado, ganaría más cuartos que cuando era panadero.
-Eres un sieso con suerte.
-No te digo que no
En la playa de la Mar Bella, Pito clavó los mosquetones en la arena y extendió la tela amarilla, la sombra proporcionada por el cuadrado dorado le sirvió para instalar el radiocasete y sus discos viejos sobre la esterilla, sin indicación de venta, por si se presentaba la policía y los requisaba. Alineaba media docena de discos antiguos frente al aparato de música y a continuación lo encendía a todo volumen para bailar la música de los años sesenta y cincuenta. A los bañista les gustaba escuchar sapore di mare o cualquier otra melodía archifamosa, como un rumor pretérito que endulzaba los recuerdos y atraía una nostalgia de quita y pon. La emoción tenía un precio y la lástima añadía una propina. ¿Quién podía resistirse a los movimientos sinuosos, lentos y torpes de Pito cuando imitaba a Umma Thurman, en Pulp Fiction, en el baile de la canción de Chuck Berry  You never can tell.  
Nadie mayor de sesenta años, público mayoritario en esa playa, era indiferente al cuerpo casi desnudo, tan enjuto, tostado y envejecido que podría pasar por una momia egipcia resucitada a la vida. Desde las once de la mañana a las cinco de la tarde en julio y agosto, Pito podía sacar una ganancia diaria de treinta o cuarenta euros. El de la caseta de los helados, a pocos metros del escenario amarillo le regalaba un polo de limón cada dos horas.

-Anda, chupa y refréscate, que cualquier día vas a acabar hecho un tasajo.
-Tasajo, pero útil a la sociedad.
-¿Y no te cansas de moverte así, durante horas? Pareces una lagartija.

-Prefiero esto a estar como tú, metido en esa caseta de perro, criando grasa y culo. Además, mis fans me quieren, vienen a esta playa por mí. Tú también te beneficias.
-Ya, pero eres tan antiguo y te repites tanto..
-¿Y para qué cambiar? A la gente le gusta recordar siempre lo mismo y yo les doy la banda sonora y ellos hacen el resto.
Pito se ajustó la gorra roja de beisbol con la inscripción Ballantine´s sobre la visera e inicio una vez más el movimiento lento y tembloroso de su brazo derecho, con la mano abierta en tijera en un recorrido indeciso frente a sus ojos entornados. A pocos metros,  la Guardia Urbana aparcó el coche patrulla, dispuestos a llevarse el radio casete y multar a Pito por contravenir la ordenanza de las actividades prohibidas en las zonas de baño.