domingo, 13 de junio de 2021

Hola, Jane y Anna

 







Desde hace unos días ando un poco despistada, algo más de lo que es habitual en mí, casi había olvidado este blog hasta ayer, cuando una buena noticia me sacó la tontería de golpe. Tengo un buen motivo para escribir aquí. He recibido Las cartas olvidadas de Jane Eyre y Anna Karenina, editado por Funambulista. La literatura es el elixir de la eterna juventud, cada lectura resucita los personajes que viven entre sus páginas. Anna Karenina, sin permiso de Tolstoi, escribe a la escritora  Charlotte Brontë porque admira a Jane Eyre y desea ser amiga de la escritora. La respuesta a su carta viene de la mano de Jane y, como aquello que imaginamos y escribimos sucede en el universo mental, tan real o más que la realidad material, hete aquí que ambas atraviesan los años más significativos de sus vidas novelescas, con un pie fuera del argumento de sus creadores. Intemporales, inteligentes, indómitas y, a ver qué se me ocurre para cerrar con otro adjetivo que contenga el mismo prefijo, sí, Jane y Anna son inolvidables. 





domingo, 4 de abril de 2021

La docta barbarie



La barbarie significa falta de cultura y civilidad, según la Rae; también, fiereza y crueldad. Docta barbarie es una expresión absurda porque si es lo primero, no puede ser lo segundo, de acuerdo a la voz  principal del diccionario. Quien inventó este broma semántica  fue un hombre que escribió  para sí mismo  como diversión y sin pretender pasar a la posteridad. Ni siquiera publicó nada en vida y fueron dos amigos quienes se empeñaron en publicar los aforismos, observaciones y bromas literarias de Georg Christoph Lichtenberg (1 de julio de 1741-24 de febrero de 1799)*. De las notas biográficas sabemos que fue profesor de física en Gotinga, investigador notable y escritor de pluma irónica que se divertía señalando las paradojas de la realidad. 

La docta barbarie es uno de sus aforismos y  si lo traigo hasta aquí es porque mi experiencia vital me confirma la verdad de este sinsentido. En el primer año de pandemia y vacunas, ansiamos conocer la voz de los doctos, anhelamos escuchar voces competentes que informen sobre el maldito virus y sus terribles consecuencias; que nos expliquen con datos, estudios  comparativos y objetivos sobre la conveniencia de las vacunas, los confinamientos sanitarios, las mascarillas, las cuarentenas.  Sin embargo, entre tanto ruido y cacofonía, algunos doctos se han convertido en figurantes de criterios políticos veletas que cambian a menudo de enfoque sanitario. Unas veces para contentar a tal o cual gremio; otras ,y como recurso desesperado, para parchear el desastre económico.  Para confundirnos aún más, nos enfrentamos a la barbarie de doctos que han sacrificado las búsqueda de la verdad por intereses espurios, sin duda  más rentables que investigar con el único afán de saber más y sanar o aliviar al enfermo. 

Nos hemos quedado huérfanos, ahogados  por un maremoto de propaganda y desinformación constante que nos deja sin aliento. Seamos responsables y cumplamos las instrucciones, y así lo hacemos la mayoría. Salgo de casa con mascarillas de repuesto, por si pierdo la que me emboza; intento no acercarme a la gente a menos de dos metros; he eliminado de mi vida las reuniones con amigos y familia. Quiero vacunarme, sí, pero las noticias sobre los efectos de la que me toca por edad: Astrazeneca, me despierta dudas razonables sobre su seguridad en mi organismo.  

Esta Semana Santa me he quedado en casa, ni siquiera he dado vueltas por mi comunidad, no fuera que por mi culpa alguien se contagiara, aunque no estoy enferma, pero quién sabe si no soy asintomática. En los paseos por el campo que se extiende cerca de casa o cuando tomo el sol en el patio, me pregunto cómo hemos llegado a esta situación. Tenemos la tecnología más avanzada que ha conocido la humanidad, los medios de comunicación más poderosos, la capacidad de relacionarnos como nunca antes  y,  a pesar de todos estos avances, vivimos en la ignorancia más absoluta en relación a la peste que esta transformando el mundo y que experimentamos en directo. La TV fumiga sin parar sentimentalismo que en nada ayuda a comprender si el virus seguirá con nosotros o alcanzaremos pronto la inmunidad. ¿Regresará la vida sin tutela en la que cada cuál asuma los riesgos que implica la libertad? ¿Cuándo llegaremos a la inmunidad de rebaño? Al rebaño sí, en él estamos, el resto de interrogantes quizás tenga respuesta en los próximos años.    




              

*Aforismos, Georg  Christoph Lichtenberg. Edición de Juan José del Solar, 1990.Edhasa

miércoles, 3 de febrero de 2021

¿Atrapados en el bucle?

  


                                               



Parece que está todo dicho desde hace más dos mil años. Quienes nos precedieron conocían el carácter volátil y caprichoso del ser humano y cómo, las civilizaciones, acaban por sucumbir enterradas en sus ruinas. El esplendor cae para dejar paso a tiempos oscuros. Así ha ocurrido siempre, ¿podría ser distinto ahora?

En la autobiografía de Stefan Zweig, El mundo de ayer,  leemos: "...por mi vida  han galopado  todos los corceles  amarillentos del apocalipsis, la revolución y el hambre, la inflación y el terror, las epidemias y la emigración; he visto nacer y expandirse ante mis ojos las grandes ideologías de masas: el fascismo en Italia, el nacionalsocialismo en Alemania, el bolchevismo en Rusia y, sobre todo, la peor de todas las pestes, el nacionalismo, que envenena al flor de nuestra cultura europea".*  

Su reflexión se detiene en el sentimiento de euforia ante los mayores avances tecnológicos de la humanidad. Maravillados por la llegada de la luz eléctrica, la radio, el teléfono y tantos otros  progresos,  su generación creyó en la imposibilidad de nuevas guerras en territorio europeo y por extensión en todo el mundo occidental. Ya sabemos -y él lo supo  mucho antes- qué  fácil es engañarnos a nosotros mismos.

Esos días releo su autobiografía y me asombra la perspicacia y sus emociones tan cercanas. El escritor, confinado en una habitación de hotel, en tierra extraña, desposeído de todo lo que un día tuvo, nos regala su legado, la memoria, los recuerdos de aquel tiempo de euforia y posterior descalabro social y moral.

Hoy, 3 de febrero de  dos mil ventiuno, los jinetes del apocalipsis siguen con nosotros. Intuimos un paisaje hostil y, como en las guerras que no padecimos, nos levantamos todos los días con el recuento de contagiados y muertos. Sin embargo, nada es más letal para el ser humano que la pérdida de esperanza, recobrarla es requisito imprescindible para conjurar el mal. La luz, energía creadora del Universo es  más poderosa que las tinieblas, Mozart no podía estar equivocado y yo creo en él.       

  

            



* Stefan Zweig, El mundo de ayer. Editorial Acantilado.Traducción de J.Fontcuberta y A.Orzeszek