martes, 6 de octubre de 2026

No te darán el Goncourt

 








Estos días he conversado con varias personas, del ámbito literario y de fuera de él, sobre el caso de Thélyson Orélien. El prestigioso premio Goncourt excluyó de su selección a este escritor de origen haitiano, y ahí se desató el debate.

Sobre la novela presentada al galardón, C'était ça ou mourir, pesaban denuncias de haber sido redactada, en su mayor parte, mediante inteligencia artificial. Una sospecha que venía a sumarse a acusaciones previas de plagio en otros escritos suyos. Ante esto, la Academia Goncourt decidió dejar fuera el libro: su postura es tajante contra el empleo de la IA en cualquier obra que aspire a su distinción.

Hasta aquí tenemos la foto fija. Queda preguntarse, no obstante, si esta ortodoxia del Goncourt esconde algo más. Todos sabemos que optar a un premio de este calibre exige algo más que calidad literaria, suerte y oportunidad temática. Hoy en día es casi una carta de presentación obligada que el argumento coincida con el foco mediático de turno. Salvo contadas excepciones, el tema de moda, la resonancia en redes sociales, la visibilidad y el número de seguidores pesan de forma determinante.

Volvamos a Orélien: escritor negro, acusado de recurrir a la IA y, en consecuencia, fulminado de la lista. De inmediato, el mundillo literario se ha fracturado entre quienes defienden que la obra es excelente y de factura netamente humana, y quienes la despachan tildándola de engendro maquinado por un algoritmo. Para mí, el fondo del asunto es otro: la legitimidad de la inteligencia artificial en la creación literaria. ¿Nos rasgamos las vestiduras si se usa para pulir un manuscrito? ¿Dónde trazamos la frontera? ¿Se tolera en la corrección de estilo pero no en la redacción?

La cuestión trasciende el simple auxilio instrumental. Esta tecnología ya es de uso común en la inmensa mayoría de las profesiones, de la arquitectura al Derecho. Para la comunidad científica resulta indispensable a la hora de acelerar investigaciones en medicina, astronomía o matemáticas. Sin embargo, el estamento artístico se echa las manos a la cabeza porque un autor, presuntamente, haya escrito una novela con apoyo de una IA.

Aceptemos por un momento la sospecha: imaginemos que Orélien tiene una aliada llamada IA con la que ha elaborado un texto tan solvente que logró colarse en la primera criba del Goncourt. Pese a ello, lo expulsan porque a los académicos no les cae bien este método.

Da la impresión de que el jurado olvida que lo que se juzga es la obra en sí. Si la firma una persona de carne y hueso, el resto debería pasar a segundo plano. ¿Acaso ignoramos cuántos galardones de postín han sido redactados en la sombra por negros literarios para mayor gloria y provecho comercial del autor consagrado de turno?

El debate no ha hecho más que empezar: la inteligencia artificial ha venido para quedarse. En lugar de rasgarnos las vestiduras al grito de «quelle horreur!», convendría debatir con rigor sobre el nuevo perfil del creador: alguien con pulso narrativo, inventiva y oficio que no desdeña —como no lo hace la biología molecular— el concurso de una herramienta tecnológica para enriquecer su trabajo.

Tengo intención de leer a Orélien. Y si la novela me gusta, me importará un bledo si medió o no un algoritmo. Como lectora, lo único que exijo es una historia con enjundia que sea capaz de ofrecerme una mirada distinta sobre el mundo en el que vivo.



domingo, 30 de agosto de 2026

Ceuta

Ilustración de IA sobre esta entrada


Rescato un recuerdo de mi adolescencia. Tenía dieciséis años cuando pasé dos días en Ceuta.

En aquella época, mi padre se dedicaba a reorganizar empresas que estaban en una situación desastrosa, a punto de cerrar. Por ese motivo nos tocó pasar el verano en El Puerto de Santa María. De aquellos dos meses recuerdo sobre todo los paseos vespertinos y las noches de cine de verano. Era una localidad muy tranquila, con playas cercanas que nos parecían paradisíacas y en las que apenas había gente.

A mitad de las vacaciones, mi padre nos convocó para anunciar que iríamos a Ceuta en el ferri que salía de Algeciras. Mi hermano y yo apenas podíamos esperar a que llegara el momento: viajar a África, aunque fuera a territorio español, era la mayor aventura que habíamos vivido hasta entonces.

Durante la travesía no paramos de recorrer el barco de un lado a otro. El pasaje era muy variopinto. Me llamaron la atención dos parejas de hippies a las que envidié con toda mi alma. Iban rumbo a Marruecos. Les pregunté cuál era su destino exacto.

—¿Chi lo sa? —me contestó sonriendo una de las chicas, justo cuando empezábamos a divisar la costa ceutí.

El trayecto fue breve y enseguida atracamos en el puerto.

Guardo la memoria de un paisaje dorado, como la arena del desierto o el sol poniente. De las calles recuerdo el bullicio constante y a los hombres vestidos con chilaba entrando y saliendo de los cafés. En el hostal donde nos alojamos, el ruido incesante de la calle se colaba en una habitación sin aire acondicionado, mitigado apenas por las aspas de un ventilador.

Al día siguiente, un taxi nos recogió a mi madre, a mis hermanos y a mí, y nos llevó por una carretera polvorienta hacia un pueblo cercano. Ignoro qué hacíamos allí, y ya no tengo a mis padres para preguntárselo. Solo sé que, tras casi una hora de trayecto, el taxista nos hizo entrar a los cuatro en un café, una construcción de adobe, en un lado de la carretera donde coincidían legionarios y lugareños, estos últimos conversaban en su lengua. Nuestra llegada silenció por unos segundos el café. Nos sirvieron un té verde hirviendo para mi madre y unas Mirindas para nosotros. Cuando llegó mi padre, le pregunté con curiosidad si aquel lugar también era España. Me contestó con total naturalidad:

—Claro.

Estos días, cuando veo imágenes actuales de Ceuta en televisión, no reconozco nada. Parece una ciudad como cualquier otra. Poco queda de la estampa de aquel viaje.Quizás esa Ceuta solo vive en mi memoria y jamás existió. Hoy me gustaría volver y que mi padre estuviera de nuevo a mi lado para recordarme que sí, que Ceuta también es España.

lunes, 13 de julio de 2026

Quitar las ganas de vivir

                                                       Imagen generada por I.A


Estamos rodeados de historias que no merecen ser contadas. Ya lo fueron hace tiempo, y de manera notable, por novelistas que supieron sacar punta de hechos comunes: un adulterio, una muerte anunciada, una lealtad traicionada y tantas otras acciones y conductas humanas que se repiten desde el día en que prosperó una comunidad neandertal, sapiens o de cualquier otra especie homínida. El afán de poder, la corrupción social, los amoríos secretos o revelados, la superación de adversidades y los logros inesperados son la levadura en la que fermentan las historias que quisimos escuchar antes de saber escribir, y las que nos gustó leer cuando aprendimos a reflejar con signos el habla y el pensamiento. Y ahora, en esta fase de tecnología asombrosa, las series televisivas cuentan las mismas historias de siempre, pero con color, mucho ruido y frases cortas, sin apenas sutilezas.

En este abrasador mes de julio se me han quitado las ganas de leer novelas, un poco como si el calor me quitara las ganas de vivir. Le doy vueltas a un hecho, apoyado por datos (¿objetivos?) y que tiene la fuerza de obligarme a pensar en él. Somos unos desgraciados en este punto temporal de la historia humana en el que existe una abundancia informativa, material y tecnológica como jamás se conoció antes. La inteligencia artificial atemoriza, amenaza el mundo conocido y alimenta un discurso pesimista: ¿qué será de nosotros? Es una pregunta que encierra desconfianza y anticipa la tragedia. A mí, por el contrario, me da alas para imaginar cuál será nuestra función, qué lugar ocuparemos en el futuro —mucho más cercano que lejano—.

Vivimos interconectados de una manera fiera, salvaje, sin límites y con identidades que se multiplican y se generan sin descanso, dando al traste con el mundo de estructuras intocables en el que crecimos. La sensación general es la de una perturbación, un huracán que nos arrastra y despoja de todo aquello que dábamos por seguro. Es un delirio colectivo que agota y enloquece, y aunque haya motivos para el recelo frente al dominio de una tecnología que usamos pero no comprendemos, mi sensación, mi opción personal, es que tenemos material para escribir la gran novela de la transición de la humanidad hacia una nueva especie.

Quizás, dentro de unos siglos —si no antes—, seremos más feos, cabezones y cuellilargos, pero nuestra oportunidad hoy es romper una servidumbre cultural que llena la sociedad de deprimidos, inapetentes y resentidos. 



sábado, 11 de abril de 2026

Homero... y no es el mismo en el que estás pensando

 




 En Niza, en el Parc de la Colline du Château, la Odisea de Homero —los episodios más célebres de esta obra— está representada en mosaicos de piedra. Algunas frases de la Odisea han quedado petrificadas para recordarnos que el viaje es el destino: Heureux qui, comme Ulysse, a fait un beau voyage.

Estas palabras deberíamos grabarlas a fuego en nuestra mente. Necesitamos no olvidarlas en aquellos momentos en los que desperdiciamos la vida convirtiendo el viaje en vuelta de tiovivo. Cuántas veces, y cuántos millones de personas, viven (vivimos) encallados, apegados a lo malo conocido antes que perseguir lo incierto y desconocido. Allá cada cual, no tengo intención de aconsejar a nadie; es una reflexión personal que está muy presente cuando contemplo —y me implico en— el mundo en el que vivo.

El otro día quise saber la frase exacta y original de Homero que reproduzco en el primer párrafo. ¡Sorpresa! Cuando busqué en internet, el primer Homero que aparecía era el personaje de la serie famosa de la tele. Tuve que ir dándole al ratón hasta llegar a mi Homero. Durante unos segundos me quedé mirando la pantalla con cierta perplejidad; enseguida volví en mí, porque sé que estos son tiempos en los que la cultura llamada clásica, de la que somos hijos, se difumina y se funde con el entretenimiento bulímico. Era previsible que Homero Simpson destronara al Homero griego, porque la gente del siglo XXI nos enfrentamos a una fase de transición cultural y tecnológica que arrambla con los mitos y símbolos que han construido lo que hoy somos. ¡No! ¡Fuera quejas y pucheros!

Es muy probable que una cultura anterior, la que existió, por ejemplo, hace once mil años en Turquía, tuviera su particular Odisea, que miles de años más tarde fue desbancada por un poeta griego, al parecer ciego, que se entretuvo recitando 12.110 versos. Según un erudito clasicista, Richmond Lattimore, quien compuso la Odisea fue una joven siciliana. Y Robert Graves le hizo caso y, sobre esa hipótesis, escribió La hija de Homero. No vayamos tan deprisa: ni siquiera es seguro que mi Homero existiera. Si es que no somos ni sabemos nada…




jueves, 22 de enero de 2026

Mechinales

 




Hoy he aprendido una palabra nueva: mechinal. Me la ha regalado mi amigo Francesc Cornadó, arquitecto, poeta y escritor, mientras me explicaba su importancia. Un mechinal es, en construcción, un hueco que se deja en un muro o pared para encajar en él una viga o palo horizontal de un andamio durante la obra. Por extensión, también se llama así a los orificios que se abren regularmente en los muros de contención para permitir la salida del agua y aliviar la presión. En otro registro, puede aludir a una habitación diminuta. Francesc, en este caso, hablaba de los mechinales de los muros de contención. No hace falta que explique a qué nos referíamos ni por qué acabamos en esa conversación.

Vivimos en una sociedad sin mechinales, sin huecos por donde pueda filtrarse el agua corrompida que se acumula detrás del muro. No se vislumbra posibilidad de drenaje, al menos en los próximos años. Y no es pesimismo, sino la constatación de que algunos –quienes tenían la obligación social y profesional– no calcularon bien la estructura ni tuvieron la voluntad de dotarla de aliviaderos que la hicieran segura y duradera.


Un blog es hoy una antigualla de internet, una especie de dazibao persistente en medio del ruido de las redes. En chino, dazibao designa aquellos grandes carteles manuscritos que se colgaban en espacios públicos, sobre todo durante la Revolución Cultural, para formular críticas políticas, denuncias o propaganda. Quienes seguimos escribiendo en blogs –la mayoría de mis colegas y yo misma– lo hacemos con la secreta confianza de que alguien pasará por delante de este cartel y leerá nuestras ocurrencias literarias, nuestros desahogos y, de vez en cuando, alguna breve reflexión sobre la realidad, y acaso se reconozca en estas palabras.

Atardece y ha dejado de llover. Hoy queda una pizca de esperanza: tal vez, al nombrar la cosa, empiece por fin a existir (el mechinal).




domingo, 16 de noviembre de 2025

Primates que intuyen la ignorancia

 

Imagen creada por IA


En el sombrío panorama social actual, elijo orientar mis lecturas hacia derroteros más placenteros. Hace unos días leí un artículo sobre la intuición en los primates, en concreto en los bonobos. Estos animales parecen detectar cuándo un humano o un congénere ignora algo que ellos sí conocen. Ante un interlocutor ignorante, su reacción no es el menosprecio ni la indiferencia; al contrario, se disponen a enseñar a quien no sabe.

Este comportamiento resulta asombroso porque implica dos elementos que con frecuencia se han atribuido en exclusiva a los humanos: la intuición y una forma elemental de altruismo. Es probable que algo semejante se dé también en otras especies. Lo que más me llamó la atención es que el estudio señala que los grandes simios pueden rastrear la ignorancia ajena y ajustar su conducta para ayudar. Por ejemplo, en pruebas con bonobos, cuando el humano no sabía dónde estaba la comida, los simios señalaban antes y con más frecuencia el escondite correcto, lo que indica que representan a la vez su propio conocimiento y la falta de conocimiento del otro.

Si esto es así, cobra sentido pensar que en algún punto de nuestra evolución se produjo un descalabro biológico y social. A fuerza de abrirnos camino para asegurar la supervivencia, nos hemos convertido en depredadores muy sofisticados. “El saber es poder” y “quien sabe calla” son dos aforismos que recomiendan silenciar lo que sabemos: primero, para conservar una posición de superioridad, y luego, para reservar ese saber en beneficio propio.

En cuanto a la intuición, conviene que rectifique: no es una facultad exclusivamente humana. Quienes hemos convivido con animales de compañía —en mi caso, gato y perro— sabemos lo desarrollada que la tienen. Puede que no anticipen nuestra ignorancia, pero sí captan con nitidez nuestros estados emocionales, y lo demuestran compartiendo la pena o la alegría a su manera.

A medida que se multiplican los estudios sobre especies animales y vegetales, aflora la evidencia de que no somos los más listos del planeta; en muchos casos quedamos atrás en comportamientos sociales que exigen inteligencia fina y compasión. Aunque hay que reconocer que nuestras destrezas son superiores en tecnología, en arte y otras disciplinas humanas, pero con demasiada frecuencia carecen de alma y de un propósito que trascienda la reafirmación del yo. Compartir conocimiento (gratis) nos daría la posibilidad de evolucionar para alcanzar algo parecido a una sociedad más bonoba.    




sábado, 6 de septiembre de 2025

No sabemos nada

 

 


No sabemos casi nada, menos mal. Vivimos con la ilusión de que nuestro conocimiento de la realidad es amplio, y eso nos anima a opinar de todo lo que sucede a nuestro alrededor. Y en cuanto empezamos a entender, aunque sea de manera simple y superficial, cómo funciona la mente, nos llevamos una gran desilusión; o bien hacemos caso omiso y seguimos adelante como si tal cosa.

Hace unos días estuve charlando con una mujer que se dedica al estudio de los sesgos del comportamiento humano. Lo más terrible del asunto es que nuestra visión del mundo es siempre sesgada. Un sesgo cognitivo es la manera que tiene el cerebro de tomar decisiones con rapidez; eso implica que la capacidad reflexiva y analítica queda arrumbada para precipitar la decisión, basada en prejuicios y percepciones que poco tienen de objetivas y racionales.

De todos los experimentos que realizan en el laboratorio, casi siempre con estudiantes, la conclusión de la que están bastante seguros es que funcionamos así porque es un mecanismo de supervivencia. Pensar y reflexionar exige tiempo y examen de por qué opinamos de una manera o de la contraria. Y no podemos permitirnos gastar tiempo reflexionando antes de hablar u actuar: semejante hábito impediría interactuar con otros de manera fluida y perderíamos la vida más pronto que tarde.

Durante miles de años el ser humano decide rápido apoyado en automatismos. Esta conversación me ha dado que pensar durante días. De darle tantas vueltas y analizarme cada vez que decía algo, he conseguido que mis interlocutores me pregunten: “¿Qué te pasa? ¿Te encuentras mal?”

Quizás el automatismo en las decisiones y los sesgos que lo acompañan nos han mantenido con vida hasta hoy, pero dudo mucho que prolonguen mucho más la existencia humana. No es extraño que repitamos los mismos errores, que las guerras se perpetúen y que seamos unos infelices por nuestra mala cabeza. Seguimos el mismo patrón automático desde hace miles de años.

En todo caso, quienes conocen a fondo esta característica del pensamiento humano son los que manejan el márquetin político y comercial: esos son los verdaderos señores de la guerra y del poder.  Y mientras tanto, sigamos con la ilusoria creencia de que sabemos lo que hacemos, a nuestro cerebro le encanta tener razón incluso cuando se equivoca.