lunes, 13 de julio de 2026

Quitar las ganas de vivir

                                                       Imagen generada por I.A


Estamos rodeados de historias que no merecen ser contadas. Ya lo fueron hace tiempo, y de manera notable, por novelistas que supieron sacar punta de hechos comunes: un adulterio, una muerte anunciada, una lealtad traicionada y tantas otras acciones y conductas humanas que se repiten desde el día en que prosperó una comunidad neandertal, sapiens o de cualquier otra especie homínida. El afán de poder, la corrupción social, los amoríos secretos o revelados, la superación de adversidades y los logros inesperados son la levadura en la que fermentan las historias que quisimos escuchar antes de saber escribir, y las que nos gustó leer cuando aprendimos a reflejar con signos el habla y el pensamiento. Y ahora, en esta fase de tecnología asombrosa, las series televisivas cuentan las mismas historias de siempre, pero con color, mucho ruido y frases cortas, sin apenas sutilezas.

En este abrasador mes de julio se me han quitado las ganas de leer novelas, un poco como si el calor me quitara las ganas de vivir. Le doy vueltas a un hecho, apoyado por datos (¿objetivos?) y que tiene la fuerza de obligarme a pensar en él. Somos unos desgraciados en este punto temporal de la historia humana en el que existe una abundancia informativa, material y tecnológica como jamás se conoció antes. La inteligencia artificial atemoriza, amenaza el mundo conocido y alimenta un discurso pesimista: ¿qué será de nosotros? Es una pregunta que encierra desconfianza y anticipa la tragedia. A mí, por el contrario, me da alas para imaginar cuál será nuestra función, qué lugar ocuparemos en el futuro —mucho más cercano que lejano—.

Vivimos interconectados de una manera fiera, salvaje, sin límites y con identidades que se multiplican y se generan sin descanso, dando al traste con el mundo de estructuras intocables en el que crecimos. La sensación general es la de una perturbación, un huracán que nos arrastra y despoja de todo aquello que dábamos por seguro. Es un delirio colectivo que agota y enloquece, y aunque haya motivos para el recelo frente al dominio de una tecnología que usamos pero no comprendemos, mi sensación, mi opción personal, es que tenemos material para escribir la gran novela de la transición de la humanidad hacia una nueva especie.

Quizás, dentro de unos siglos —si no antes—, seremos más feos, cabezones y cuellilargos, pero nuestra oportunidad hoy es romper una servidumbre cultural que llena la sociedad de deprimidos, inapetentes y resentidos. 



sábado, 11 de abril de 2026

Homero... y no es el mismo en el que estás pensando

 




 En Niza, en el Parc de la Colline du Château, la Odisea de Homero —los episodios más célebres de esta obra— está representada en mosaicos de piedra. Algunas frases de la Odisea han quedado petrificadas para recordarnos que el viaje es el destino: Heureux qui, comme Ulysse, a fait un beau voyage.

Estas palabras deberíamos grabarlas a fuego en nuestra mente. Necesitamos no olvidarlas en aquellos momentos en los que desperdiciamos la vida convirtiendo el viaje en vuelta de tiovivo. Cuántas veces, y cuántos millones de personas, viven (vivimos) encallados, apegados a lo malo conocido antes que perseguir lo incierto y desconocido. Allá cada cual, no tengo intención de aconsejar a nadie; es una reflexión personal que está muy presente cuando contemplo —y me implico en— el mundo en el que vivo.

El otro día quise saber la frase exacta y original de Homero que reproduzco en el primer párrafo. ¡Sorpresa! Cuando busqué en internet, el primer Homero que aparecía era el personaje de la serie famosa de la tele. Tuve que ir dándole al ratón hasta llegar a mi Homero. Durante unos segundos me quedé mirando la pantalla con cierta perplejidad; enseguida volví en mí, porque sé que estos son tiempos en los que la cultura llamada clásica, de la que somos hijos, se difumina y se funde con el entretenimiento bulímico. Era previsible que Homero Simpson destronara al Homero griego, porque la gente del siglo XXI nos enfrentamos a una fase de transición cultural y tecnológica que arrambla con los mitos y símbolos que han construido lo que hoy somos. ¡No! ¡Fuera quejas y pucheros!

Es muy probable que una cultura anterior, la que existió, por ejemplo, hace once mil años en Turquía, tuviera su particular Odisea, que miles de años más tarde fue desbancada por un poeta griego, al parecer ciego, que se entretuvo recitando 12.110 versos. Según un erudito clasicista, Richmond Lattimore, quien compuso la Odisea fue una joven siciliana. Y Robert Graves le hizo caso y, sobre esa hipótesis, escribió La hija de Homero. No vayamos tan deprisa: ni siquiera es seguro que mi Homero existiera. Si es que no somos ni sabemos nada…




jueves, 22 de enero de 2026

Mechinales

 




Hoy he aprendido una palabra nueva: mechinal. Me la ha regalado mi amigo Francesc Cornadó, arquitecto, poeta y escritor, mientras me explicaba su importancia. Un mechinal es, en construcción, un hueco que se deja en un muro o pared para encajar en él una viga o palo horizontal de un andamio durante la obra. Por extensión, también se llama así a los orificios que se abren regularmente en los muros de contención para permitir la salida del agua y aliviar la presión. En otro registro, puede aludir a una habitación diminuta. Francesc, en este caso, hablaba de los mechinales de los muros de contención. No hace falta que explique a qué nos referíamos ni por qué acabamos en esa conversación.

Vivimos en una sociedad sin mechinales, sin huecos por donde pueda filtrarse el agua corrompida que se acumula detrás del muro. No se vislumbra posibilidad de drenaje, al menos en los próximos años. Y no es pesimismo, sino la constatación de que algunos –quienes tenían la obligación social y profesional– no calcularon bien la estructura ni tuvieron la voluntad de dotarla de aliviaderos que la hicieran segura y duradera.


Un blog es hoy una antigualla de internet, una especie de dazibao persistente en medio del ruido de las redes. En chino, dazibao designa aquellos grandes carteles manuscritos que se colgaban en espacios públicos, sobre todo durante la Revolución Cultural, para formular críticas políticas, denuncias o propaganda. Quienes seguimos escribiendo en blogs –la mayoría de mis colegas y yo misma– lo hacemos con la secreta confianza de que alguien pasará por delante de este cartel y leerá nuestras ocurrencias literarias, nuestros desahogos y, de vez en cuando, alguna breve reflexión sobre la realidad, y acaso se reconozca en estas palabras.

Atardece y ha dejado de llover. Hoy queda una pizca de esperanza: tal vez, al nombrar la cosa, empiece por fin a existir (el mechinal).