Hoy he aprendido una palabra nueva: mechinal. Me la ha regalado mi amigo Francesc Cornadó, arquitecto, poeta y escritor, mientras me explicaba su importancia. Un mechinal es, en construcción, un hueco que se deja en un muro o pared para encajar en él una viga o palo horizontal de un andamio durante la obra. Por extensión, también se llama así a los orificios que se abren regularmente en los muros de contención para permitir la salida del agua y aliviar la presión. En otro registro, puede aludir a una habitación diminuta. Francesc, en este caso, hablaba de los mechinales de los muros de contención. No hace falta que explique a qué nos referíamos ni por qué acabamos en esa conversación.
Vivimos en una sociedad sin mechinales, sin huecos por donde pueda filtrarse el agua corrompida que se acumula detrás del muro. No se vislumbra posibilidad de drenaje, al menos en los próximos años. Y no es pesimismo, sino la constatación de que algunos –quienes tenían la obligación social y profesional– no calcularon bien la estructura ni tuvieron la voluntad de dotarla de aliviaderos que la hicieran segura y duradera.
Un blog es hoy una antigualla de internet, una especie de dazibao persistente en medio del ruido de las redes. En chino, dazibao designa aquellos grandes carteles manuscritos que se colgaban en espacios públicos, sobre todo durante la Revolución Cultural, para formular críticas políticas, denuncias o propaganda. Quienes seguimos escribiendo en blogs –la mayoría de mis colegas y yo misma– lo hacemos con la secreta confianza de que alguien pasará por delante de este cartel y leerá nuestras ocurrencias literarias, nuestros desahogos y, de vez en cuando, alguna breve reflexión sobre la realidad, y acaso se reconozca en estas palabras.
Atardece y ha dejado de llover. Hoy queda una pizca de esperanza: tal vez, al nombrar la cosa, empiece por fin a existir (el mechinal).