martes, 17 de enero de 2023

Todas las cosas posibles







Hace tiempo, pongamos a principios del siglo XVII, en esta parte del mundo, en Inglaterra, en toda  Europa, se extendió el desánimo  y la  creencia de que el final de los tiempos se contaba en días. "Nací en la última era del mundo" escribió el filósofo John Donne, tan seguro estaba de que a la humanidad se le había agotado el tiempo. Y en ese pesimismo crecía, a pesar de todo, un impulso creador y optimista que barrió el miedo y la oscuridad. En 1620, Francis Bacon  publicó su Novum Organum, en sus aforismos desdeña la desesperación, las falsas creencias mientras  promueve el conocimiento de la naturaleza y el estudio de las causas objetivas sobre las que se apoya la ciencia.  Nos dice que no hay límites para la inventiva y el ingenio humano. La promesa en un inagotable  progreso humano  viene de la conciencia en las propias facultades dirigidas a profundizar en el conocimiento de la naturaleza, incluido el ser humano. 

La atmósfera social irradiaba optimismo, así, sin que hubiera mediado nada extraordinario en la vida de la gente, pero las ideas son poderosas y se contagian  de la misma manera que la desesperación intoxica a comunidades enteras. 

Hoy, entrado el año 2023, nos movemos entre oleadas de miedo y pánico ante futuras pandemias, guerras nucleares, cambios climáticos que conducirá a la extinción de la humanidad; sin olvidar la llegada de extraterrestres malos,  volcanes terroríficos y todo eso  trufado de las banalidades más absurdas propiciadas por las redes sociales. ¿Existe paralelismo entre el cambio de percepción en el siglo XVII y nuestra época? 

Creo que sí, en aquellos tiempos que nos parecen tan remotos, Campanella  escribió, también en el siglo XVII,  en su Ciudad del Sol: esta época tiene más historia en cien años que todo el mundo en los cuatro mil años que la han precedido.  

Exactamente lo mismo que en la actualidad, las ciencias y la tecnología han avanzado tanto en los últimos cincuenta años que están modelando la sociedad con patrones nuevos. Sentimos desconfianza y tememos un retroceso en los derechos y las libertades que hasta hace poco hemos disfrutado, en lo que afecta a este lado del mundo. Y este miedo mezclado con pesimismo ocurre, quizás, porque nuestro cerebro anda desacompasado con la tecnología que no entendemos, aunque ya no podemos prescindir de ella. El ambiente de alarma y descontento por la incomprensión de un  presente que apenas atinamos a comprender repliega nuestro poder y nos empequeñece.  No hay época histórica que no haya sufrido los vaivenes de guerras, epidemias, auges y declives, pero  nunca hasta ahora hemos alcanzado  tal grado de conocimiento sobre el universo que habitamos, el pequeño (nosotros mismos, nuestro cerebro y biología) y el grande (el espacio cósmico hasta ahora conocido). ¿Por qué tener miedo? 

Concluyo con mi intención ante el nuevo año: el futuro no tiene línea de meta y la vida es un continuo movimiento donde todas las cosas son posibles, incluso la esperanza en mejorar este mundo plagado de peligros.       


  

     

6 comentarios:

  1. Yo jamas hice caso
    de todo lo que dijo
    Nostradamus, mayormente
    porque cuando nos
    enterabamos de que
    algo que paso en su
    momento lo habia dicho
    nos enterabamos siempre
    "despues de " asi que
    no hagamos mucho
    caso del resto.

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  2. Pues claro, Orlando, no hay predicciones que valgan. Hay épocas mejores y peores, pero nadie ni el más avezado de los analistas puede anticipar lo que pasará en unos días. Y esta es la gracia de nuestra realidad, todo es imprevisible e incierto y esta cualidad de la vida es lo que nos da empuje para inventar y crear.

    Saludos

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  3. Es curioso que los años sesenta fueran peligrosísimos por las armas atómicas que se ensayaron, cada vez más poderosas y destructivas en un clima de tensión entre la URSS y USA. Recuérdese la crisis de Cuba entre otras. Sin embargo, los años sesenta fueron optimistas y rebeldes, fue la "década prodigiosa" en que se concebía aún que podíamos cambiar el mundo, transformar la realidad. Tal vez en nuestro tiempo, sobran los peligros y las incertidumbres tecnológicas y climáticas, pero falta ese condimento para la esperanza que es la ilusión de que podemos cambiarlo todo, hacer un mundo mejor. Ya sé que las utopías las carga el diablo, pero sin ellas es difícil que surjan la esperanza y el optimismo. Saludos.

    Como otras veces, tu blog no se actualiza en mi blogroll y no se sabe cuándo publicas. Siento el retraso.

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  4. Joselu, no sé qué pasa con mi blog, actualiza cuando quiere y, alguna vez, comentarios publicados han desaparecido.
    No sé si se trata de perseguir utopías, creo que es mejor para la salud propia y general, fomentar el optimismo como recurso preventivo ante una realidad plagada de inseguridades, alarmas y peligros de todos tipo, nada de lo que nos rodea, o acaso en una ínfima medida, podemos cambiarlo. Claro que aparece el desánimo ante circunstancias tremendas, pero hemos de hacer un esfuerzo para buscarle sentido y dedicarnos a mejorar lo poco que esté en nuestras manos. Intento aplicarme el cuento y ese es mi deseo para este año.

    Abrazos

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  5. Comparto tus impresiones al respecto. Por cierto, recientemente se ha publicado un libro de Bernat Castany, "Una filosofía del miedo" que, a mi modo de ver no tiene pérdida. A quien le interese profundizar en el tema del miedo, los miedos, hay una obra clásica, "El miedo en Occidente", de Delumeau, que para mí fue un descubrimiento y es una joya.

    John Donne es un escritor especial. No dejes de acercarte a "Devociones y paradojas", sus reflexiones son frescas y certeras.

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  6. Gracias, Fackel, tus recomendaciones son muy oportunas, en estos tiempos y en cualquier otro, desde luego. El miedo anticipado de algo que ni siquiera sabemos si ocurrirá y cómo nos afectará es, aparte de una pérdida enorme de energía mental, una excelente manera de mantener a la gente en su nicho de dolor sin fuerzas para luchar por mejorar la existencia.
    Abrazos

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