En Niza, en el Parc de la Colline du Château, la Odisea de Homero —los episodios más célebres de esta obra— está representada en mosaicos de piedra. Algunas frases de la Odisea han quedado petrificadas para recordarnos que el viaje es el destino: Heureux qui, comme Ulysse, a fait un beau voyage.
Estas palabras deberíamos grabarlas a fuego en nuestra mente. Necesitamos no olvidarlas en aquellos momentos en los que desperdiciamos la vida convirtiendo el viaje en vuelta de tiovivo. Cuántas veces, y cuántos millones de personas, viven (vivimos) encallados, apegados a lo malo conocido antes que perseguir lo incierto y desconocido. Allá cada cual, no tengo intención de aconsejar a nadie; es una reflexión personal que está muy presente cuando contemplo —y me implico en— el mundo en el que vivo.
El otro día quise saber la frase exacta y original de Homero que reproduzco en el primer párrafo. ¡Sorpresa! Cuando busqué en internet, el primer Homero que aparecía era el personaje de la serie famosa de la tele. Tuve que ir dándole al ratón hasta llegar a mi Homero. Durante unos segundos me quedé mirando la pantalla con cierta perplejidad; enseguida volví en mí, porque sé que estos son tiempos en los que la cultura llamada clásica, de la que somos hijos, se difumina y se funde con el entretenimiento bulímico. Era previsible que Homero Simpson destronara al Homero griego, porque la gente del siglo XXI nos enfrentamos a una fase de transición cultural y tecnológica que arrambla con los mitos y símbolos que han construido lo que hoy somos. ¡No! ¡Fuera quejas y pucheros!
Es muy probable que una cultura anterior, la que existió, por ejemplo, hace once mil años en Turquía, tuviera su particular Odisea, que miles de años más tarde fue desbancada por un poeta griego, al parecer ciego, que se entretuvo recitando 12.110 versos. Según un erudito clasicista, Richmond Lattimore, quien compuso la Odisea fue una joven siciliana. Y Robert Graves le hizo caso y, sobre esa hipótesis, escribió La hija de Homero. No vayamos tan deprisa: ni siquiera es seguro que mi Homero existiera. Si es que no somos ni sabemos nada…

En todos estos hay mucho de mito y leyenda, como las propias historias que se cuentan el la Ilíada o en la Odisea.
ResponderEliminarA esta última le debo el honor de haber sido mi lectura favorita cuando solo contaba yo con catorce o quince años. Me resultó una experiencia fascinante y mágica.
Saludos.
Pues comparto contigo esta lectura en mi adolescencia. Recuerdo que me regalaron la Odisea ilustrada, una versión abreviada y en prosa.Durante muchos años la disfruté mucho (hasta que me hice mayor y leí la versión de Cátedra que regalé o la presté), pero mi memoria está apegada al libro ilustrado.
ResponderEliminarSaludos
Querida Marga, qué texto tan lúcido y necesario me compartes. Me ha encantado esa distinción entre el viaje real y la "vuelta de tiovivo"; es una metáfora perfecta para esa zona de confort que, a veces, se convierte en nuestra propia isla de Calipso.
ResponderEliminarEs casi un chiste de humor negro cultural que el algoritmo de Google priorice las rosquillas de Springfield sobre los hexámetros dactílicos. Refleja bien ese "entretenimiento bulímico" que mencionas: una transición donde el mito fundacional se diluye en el meme. Sin embargo, hay algo poético en que la identidad de Homero sea tan esquiva.
Me fascina que rescates la teoría de Robert Graves y la autoría de esa joven siciliana. Que la piedra angular de Occidente pueda ser el canto de una mujer anónima, o una construcción colectiva de siglos, no le resta fuerza; al contrario, la universaliza. Al final, como bien dices, el destino es el viaje mismo, y aunque el Homero del siglo XXI tenga la piel amarilla, los que buscamos "lo incierto" seguiremos dándole al ratón —o al remo— hasta encontrar la belleza entre las piedras de Niza.
¡Un abrazo enorme, Marga! No permitas que el ruido digital opaque tu propia Odisea.
Muchas gracias, Joselu, tus palabras son la confirmación de que los blogs son parte de nuestra travesía homérica. El lugar donde coincidimos aquellos que intentamos disfrutar del viaje mientras recalamos en las "islas" de los amigos. La teoría de la joven siciliana como autora es tan probable como la del bardo Homero, pero a fin de cuentas, fuera una o el otro, no quita ni añade mérito a la Odisea. La creación del viaje interior de Occidente nos pertenece a todos. Hay algo en lo incierto de la autoría que me parece a la vez injusto y bellísimo.
ResponderEliminarOtro gran abrazo para ti y gracias por ser tú también de los que buscan.
Homero probablemente existió, pero no hay pruebas definitivas; y la mayoría de especialistas coincide en que era analfabeto o, al menos, no escribía sus propios poemas. Hay quien sostiene que era un colectivo de poetas. Vaya usted a saber
ResponderEliminarComo dicen que decia José Saramago a raíz de un improbable fin del mundo: El Universo nunca sabría que Homero escribió la Ilíada y otro Homero, más importante aún, el Simpson, trabajaba en una central en Springfield.
Me encanta que saques a colación la reflexión de Saramago. Efectivamente, al Universo le importa un bledo quién escribió la Ilíada, lo importante es que lo que nos cuenta quien -o quienes- la cantaron siga hablándonos. Emociona pensar que, en medio de tanta escritura banal, resuenan testamentos literarios que alimentan el conocimiento de nosotros mismo y del mundo en el que vivimos. Y siempre podemos tomar unas cervezas con el otro Homero.
EliminarSaludos
Me habrás de perdonar, pero como mi blogeer no actualiza bien, he pasado por tu casa de "casualidad", y mira me he encontrado con esta entrada.
ResponderEliminarEn realidad no se sabe nada de este poeta, tan siquiera si existió, ni las islas que visitó, y si las visitó siendo ciego; lo que si se sabe es que no educó Homero a sus compatriotas cantándoles poemas morales, sino inspirándo a sus congéneres en el sentimiento de una unidad nacional dando unidad política a toda la Grecia, y señalando en su poema un puesto a cada una de las diversas tribus, formando un lazo nacional.
Y por él, por Homero, y gracias a ello, los Griegos fueron un pueblo poético por excelencia.
Saludos
Sí, Miquel, Homero (o de quién sea la autoría) es todo lo lo que dices y mucho más. Somos sus hijos, y de él beben nuestro mitos, símbolos y tradición literaria. Sin la Odisea y la Ilíada perderíamos nuestro Adn cultural. Los arquetipos sobre a los que seguimos anclados son nuestra estructura social y personal: el héroe trágico, la fidelidad amorosa y etc. Nuestra épica y la interpretación que damos a los acontecimientos remiten a esas dos grandes composiciones homéricas.
ResponderEliminarUna abrazo y gracias por pasar por esta casa
Nuestro Homero, el de los riscos requemados por el sol del Egeo, probablemente sea la condensación de las emociones de estas gentes que vivimos a este lado del límite de los olivos. Pura entelequia. Un de los cimientos que sostienen nuestra cultura y nuestra manera de ser.
ResponderEliminarParece ser que el tal Homero no existió, es un “arte humano inexistente” capaz de escribir una écfrasis de un escudo inexistente. Un escudo donde cabe el universo, las luchas y los engaños que tanto han configurado el mal negocio de nuestra historia. En todo caso, una “entelechiam auream” (una entelequia de oro) que da sentido a nuestra cultura.
El otro Homero, el de los Simpson, es una especie de personajillo atiborrado de hamburguesas que no distingue entre un hinchable de Jeff Koons y una pepona de feria.
Abrazos.
Pues no queda más remedio que leer El arte inexistente (Francesc Cornadó), que es una excelente manera de comprender el poder evocador que encierra el arte no visto ni tocado con los ojos y manos. Y, desde luego, Homero es entre los inexistentes, el más inspirador, de su inexistencia brotó el mundo que conocemos y que se desvanece ante nuestra mirada.
ResponderEliminarAbrazos