Estamos rodeados de historias que no merecen ser contadas. Ya lo fueron hace tiempo, y de manera notable, por novelistas que supieron sacar punta de hechos comunes: un adulterio, una muerte anunciada, una lealtad traicionada y tantas otras acciones y conductas humanas que se repiten desde el día en que prosperó una comunidad neandertal, sapiens o de cualquier otra especie homínida. El afán de poder, la corrupción social, los amoríos secretos o revelados, la superación de adversidades y los logros inesperados son la levadura en la que fermentan las historias que quisimos escuchar antes de saber escribir, y las que nos gustó leer cuando aprendimos a reflejar con signos el habla y el pensamiento. Y ahora, en esta fase de tecnología asombrosa, las series televisivas cuentan las mismas historias de siempre, pero con color, mucho ruido y frases cortas, sin apenas sutilezas.
En este abrasador mes de julio se me han quitado las ganas de leer novelas, un poco como si el calor me quitara las ganas de vivir. Le doy vueltas a un hecho, apoyado por datos (¿objetivos?) y que tiene la fuerza de obligarme a pensar en él. Somos unos desgraciados en este punto temporal de la historia humana en el que existe una abundancia informativa, material y tecnológica como jamás se conoció antes. La inteligencia artificial atemoriza, amenaza el mundo conocido y alimenta un discurso pesimista: ¿qué será de nosotros? Es una pregunta que encierra desconfianza y anticipa la tragedia. A mí, por el contrario, me da alas para imaginar cuál será nuestra función, qué lugar ocuparemos en el futuro —mucho más cercano que lejano—.
Vivimos interconectados de una manera fiera, salvaje, sin límites y con identidades que se multiplican y se generan sin descanso, dando al traste con el mundo de estructuras intocables en el que crecimos. La sensación general es la de una perturbación, un huracán que nos arrastra y despoja de todo aquello que dábamos por seguro. Es un delirio colectivo que agota y enloquece, y aunque haya motivos para el recelo frente al dominio de una tecnología que usamos pero no comprendemos, mi sensación, mi opción personal, es que tenemos material para escribir la gran novela de la transición de la humanidad hacia una nueva especie.
Quizás, dentro de unos siglos —si no antes—, seremos más feos, cabezones y cuellilargos, pero nuestra oportunidad hoy es romper una servidumbre cultural que llena la sociedad de deprimidos, inapetentes y resentidos.
