| Ilustración de IA sobre esta entrada |
Rescato un recuerdo de mi adolescencia. Tenía dieciséis años cuando pasé dos
días en Ceuta.
En aquella época, mi padre se dedicaba a reorganizar
empresas que estaban en una situación desastrosa, a punto de cerrar. Por ese
motivo nos tocó pasar el verano en El Puerto de Santa María. De aquellos dos
meses recuerdo sobre todo los paseos vespertinos y las noches de cine de
verano. Era una localidad muy tranquila, con playas cercanas que nos parecían
paradisíacas y en las que apenas había gente.
A mitad de las vacaciones, mi padre nos convocó para
anunciar que iríamos a Ceuta en el ferri que salía de Algeciras. Mi hermano y
yo apenas podíamos esperar a que llegara el momento: viajar a África, aunque
fuera a territorio español, era la mayor aventura que habíamos vivido hasta
entonces.
Durante la travesía no paramos de recorrer el barco de
un lado a otro. El pasaje era muy variopinto. Me llamaron la atención dos parejas
de hippies a las que envidié
con toda mi alma. Iban rumbo a Marruecos. Les pregunté cuál era su destino
exacto.
—¿Chi lo sa?
—me contestó sonriendo una de las chicas, justo cuando empezábamos a divisar la
costa ceutí.
El trayecto fue breve y enseguida atracamos en el
puerto.
Guardo la memoria de un paisaje dorado, como la arena
del desierto o el sol poniente. De las calles recuerdo el bullicio constante y a los hombres
vestidos con chilaba entrando y saliendo de los cafés. En el hostal donde nos
alojamos, el ruido incesante de la calle se colaba en una habitación sin aire
acondicionado, mitigado apenas por las aspas de un ventilador.
Al día siguiente, un taxi nos recogió a mi madre, a mis
hermanos y a mí, y nos llevó por una carretera polvorienta hacia un pueblo
cercano. Ignoro qué hacíamos allí, y ya no tengo a mis padres para
preguntárselo. Solo sé que, tras casi una hora de trayecto, el taxista nos hizo
entrar a los cuatro en un café, una construcción de adobe, en un lado de la carretera donde coincidían legionarios y lugareños, estos últimos conversaban en su lengua. Nuestra llegada silenció por unos segundos el café. Nos sirvieron un té verde hirviendo para mi madre y
unas Mirindas para nosotros. Cuando llegó mi padre, le pregunté con curiosidad
si aquel lugar también era España. Me contestó con total naturalidad:
—Claro.
Estos días, cuando veo imágenes actuales de Ceuta en
televisión, no reconozco nada. Parece una ciudad como cualquier
otra. Poco queda de la estampa de aquel viaje.Quizás esa Ceuta solo vive en mi memoria y jamás existió. Hoy me gustaría volver y que mi
padre estuviera de nuevo a mi lado para recordarme que sí, que Ceuta también es
España.
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