domingo, 30 de agosto de 2026

Ceuta

Ilustración de IA sobre esta entrada


Rescato un recuerdo de mi adolescencia. Tenía dieciséis años cuando pasé dos días en Ceuta.

En aquella época, mi padre se dedicaba a reorganizar empresas que estaban en una situación desastrosa, a punto de cerrar. Por ese motivo nos tocó pasar el verano en El Puerto de Santa María. De aquellos dos meses recuerdo sobre todo los paseos vespertinos y las noches de cine de verano. Era una localidad muy tranquila, con playas cercanas que nos parecían paradisíacas y en las que apenas había gente.

A mitad de las vacaciones, mi padre nos convocó para anunciar que iríamos a Ceuta en el ferri que salía de Algeciras. Mi hermano y yo apenas podíamos esperar a que llegara el momento: viajar a África, aunque fuera a territorio español, era la mayor aventura que habíamos vivido hasta entonces.

Durante la travesía no paramos de recorrer el barco de un lado a otro. El pasaje era muy variopinto. Me llamaron la atención dos parejas de hippies a las que envidié con toda mi alma. Iban rumbo a Marruecos. Les pregunté cuál era su destino exacto.

¿Chi lo sa? —me contestó sonriendo una de las chicas, justo cuando empezábamos a divisar la costa ceutí.

El trayecto fue breve y enseguida atracamos en el puerto.

Guardo la memoria de un paisaje dorado, como la arena del desierto o el sol poniente. De las calles recuerdo el bullicio constante y a los hombres vestidos con chilaba entrando y saliendo de los cafés. En el hostal donde nos alojamos, el ruido incesante de la calle se colaba en una habitación sin aire acondicionado, mitigado apenas por las aspas de un ventilador.

Al día siguiente, un taxi nos recogió a mi madre, a mis hermanos y a mí, y nos llevó por una carretera polvorienta hacia un pueblo cercano. Ignoro qué hacíamos allí, y ya no tengo a mis padres para preguntárselo. Solo sé que, tras casi una hora de trayecto, el taxista nos hizo entrar a los cuatro en un café, una construcción de adobe, en un lado de la carretera donde coincidían legionarios y lugareños, estos últimos conversaban en su lengua. Nuestra llegada silenció por unos segundos el café. Nos sirvieron un té verde hirviendo para mi madre y unas Mirindas para nosotros. Cuando llegó mi padre, le pregunté con curiosidad si aquel lugar también era España. Me contestó con total naturalidad:

—Claro.

Estos días, cuando veo imágenes actuales de Ceuta en televisión, no reconozco nada. Parece una ciudad como cualquier otra. Poco queda de la estampa de aquel viaje.Quizás esa Ceuta solo vive en mi memoria y jamás existió. Hoy me gustaría volver y que mi padre estuviera de nuevo a mi lado para recordarme que sí, que Ceuta también es España.

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