miércoles, 16 de enero de 2019

¡Shhh!

Escultores en su taller. Nanni di Banco, 1412


La  última vez que lo vi fue en el túnel de lavado, allí estaba, sacando brillo a la máquina, aislado por completo del mundo. Podría haber pasado por su lado y no me habría visto. Él era así, un tonto. Lo digo con cariño, un tonto que no percibía mis señales. Era la suya  una incapacidad natural y prevista en seres de su condición. No padecía enfermedad de ningún tipo, tampoco era  un narcisista a quien le importara una higa la felicidad ajena. Al contrario, se desvivía por satisfacer a la gente, o sea, a mí, aunque sin atravesar jamás la superficie. 

No supiste, vida mía,  interpretar lo que se ocultaba detrás de mis palabras, gestos y miradas que revelaban el deseo de una mujer enamorada. Durante el tiempo que estuvimos juntos, sobre todo al principio, su naturaleza  me parecía una ventaja, un don que aseguraba la convivencia pacífica. No era suspicaz, picajoso o quejica, ni siquiera se ofendía por los comentarios que le dirigía –bastante a menudo-con ánimo de herirle o de burlarme de él, por culpa de mi corazón despechado. Era un bendito, de una inocencia angelical, ¿cómo pude enfadarme con él?   

Rememoro ahora, mientras lo recuerdo frotando el capó del coche, con ese afán infantil que une gesto y acción, sacando la lengua cuando la mancha requería une esfuerzo físico suplementario para borrarla. ¡Qué limpio era!
El día que le dije que lo nuestro había llegado al final de su recorrido, me respondió: pero si hace una hora que no nos movemos del sofá.


Y así continuó durante un rato la conversación, sin pies ni cabeza. Yo acusándole de no saber leerme y él, con esos ojos divinos, oscuros como  la obsidiana, contestando que si no sabía leerme era porque nunca le había dado nada escrito por mí. Me desquiciaba. Yo solo quiero estar contigo. Me dijo, y a continuación, con idéntico tono de voz: es el título de una canción, la cantaba Dusty  Springfield, fue un éxito de 1964  I only want to be with you. ¿Quieres que te la seleccione?

Cerraba las puertas a todos mis intentos de que asumiera su culpa y se corrigiera. Que sí, que era muy fácil la convivencia, sin broncas y con quien tenía respuestas para todo, sin embargo, sentía que algo nos separaba porque yo necesitaba cariño, mucho cariño y él no tenía en cuenta mis sentimientos.


¡Me equivoqué, lo reconozco! Lloro todas las semanas un rato, los jueves a las seis, que era cuando hacíamos juntos la compra semanal. Antes de llegar a la caja ya había contado las calorías y  el precio de cada producto. Desde que devolví a Manolo he engordado cinco kilos.  Lo que más me duele es verlo con otra, que le limpie el coche a esa petarda, que le lleve la agenda y  la entretenga  con sus mil habilidades domésticas y sus saberes que se renuevan  amplían y doblan cada dos días. ¿Qué quieres, una receta de verduras al horno? Tengo un millar. ¿Necesitas entender el contrapunto y profundizar en el barroco español? No te apures, ahora te lo cuento y de paso, te muestro ejemplos para que lo entiendas.


Han reseteado a mi Manolo. Lo han revendido y actualizado. Ya no guarda memoria de mí y eso es lo que más me duele. ¡Qué gran error fue apagarlo! ¡Shhh! fue su último sonido, como un globo al desinflarse. Mi Manolo. ¡En mala hora te saqué la batería de tu oreja izquierda y la tiré  al fuego de la chimenea!



sábado, 24 de noviembre de 2018

Gente difícil




Un cuento de Chéjov, del que he tomado prestado su título para esta entrada, recorre en apenas unas páginas la monstruosa convivencia  de una familia. 


Siento admiración por la manera chejoviana de describir la miniatura, de escoger una escena en la que distingue los detalles para proporcionar a los lectores  un conocimiento preciso de lo que palpita debajo de las apariencias.


 A Chéjov le debo aprender a mirar, a identificar dónde se quiebra la feliz superficie del lago que deja ver el torbellino engullidor de esperanzas  e ilusiones. 


La vida es desorden, sí, pero también tiene instantes en los que  resplandece la belleza como una invitación para entrar en el caos sin temerlo. Si la existencia es dolor y desesperación, también es un camino para descubrir nuestra fortaleza y con ella, la capacidad de desafiar el destino que otros eligieron para nosotros.


En Gente difícil, el padre inspira terror a su mujer e hijos, nadie en la familia  se atreve a rechistar, hasta que un día, el hijo mayor, humillado y enfurecido por un  episodio colérico del padre, le contesta e intenta, sin ningún éxito, que reflexione sobre el daño que provoca su conducta. La justa rebeldía del hijo, inesperada incluso para sí mismo, marca el fracaso del padre y un no retorno a la situación anterior.


En las últimas líneas del cuento, Chéjov advierte, con la  sutileza que le caracteriza, que el caos  es inevitable;  aquello que destruye, hiere y pone patas arriba  nuestra vida es una mala compañía de la que quizás no podemos escapar, pero enfrentarla es impedirle el paso.   





           


            

viernes, 3 de agosto de 2018

La ignorancia nos come


Opere 2008, Sabrina Mezzaqui, Museum Voorlinden, Wassenar

Leemos muy poco, incluso quienes se jactan de leer un par de libros semanales, o más aún, los que afirman leer un libro diario, leen una  minúscula porción de lo que se publica. 

Echemos cuentas, en España se publicaron  87.292 títulos en 2017, un poco más que en 2016 (81.391), según datos de ISBN. Los libros publicados en soporte digital en 2017 fueron 23.061 títulos.  En  el caso optimista de leer un título diario, 365  libros al año, tal cantidad es irrelevante, nos perdemos la mayor parte del conocimiento, diversión, aburrimiento o lo que fuere que nos pudiera provocar la lectura de esta biblioteca universal gigantesca.  

Los lectores empedernidos  tienen a su disposición el abrumador número  de 60 millones de títulos que se calcula  han sido publicados en el mundo desde el siglo XV, la mayor parte son hoy de dominio público. Significa que no requieren permiso para copiar y editar; colgarlos en la red tampoco crea problemas legales. Antes esta inmensidad de libros, se añade cada año un millón más de títulos publicados en todo el mundo.

Es una celebración  de la cultura, inabarcable para cualquier humano que no disponga de una mente  cibernética con posibilidades de leer a la velocidad de la luz.  El goce de la lectura, esa experiencia adictiva, liberadora y contagiosa,  es  imperecedero y está protegido por un horizonte renovado de misterios y maravillas. La perspectiva oceánica de palabras engarzadas que construyen  relatos  -que nunca leeré-  me provoca nostalgia de lo que ignoro.


Somos una especie grafómana, no conozco a nadie que no asegure que está por escribir –si no lo ha hecho ya- una novela, poemario, teoría filosófica,  social, científica y etcétera. El resultado es que la humanidad publica un libro cada medio minuto.


Pierre Mornet

Así que frente a estos datos no queda más que reconocer que hemos leído apenas nada, no llega a un miserable uno por ciento para los lectores más tenaces y  obsesivos.

Sin embargo, importa un bledo la cantidad de libros que leemos,  jamás alcanzaremos la plenitud cultural, con esta convicción podemos sacar mucho provecho de nuestra ignorancia libresca.  Lo hicieron otros con bibliotecas exiguas, o incluso sin apenas leer.  Sócrates desconfiaba de los libros, una invención que, según su opinión,  restaba recursos intelectuales para defender ideas sin la muleta de la palabra escrita. 

¡Conque a Sócrates no le gustaban los libros! Pues no, y  Séneca se lamentaba de que la inmensidad de libros en circulación disipaba el espíritu en vez de aclararlo. 

Creo que no les faltaba una parte de razón, leer poco o mucho importa menos que ser capaces de entender  y aprender de lo que vemos y sentimos, de la apreciación del mundo físico y  emocional  y de la interpretación mental que  damos a la realidad. 


Fuente: Los demasiados libros, Gabriel Zaid, 1972 (actualizado) 








sábado, 21 de julio de 2018

Mentiras verdaderas



Hace una semana alguien en quien confío por su  buen criterio y sentido común,  me habló de una serie que echan en una plataforma digital,  de esas que están desplazando a la tele, convertida en entretenimiento residual para viejos y pobres. La serie en cuestión trata de un especialista en movimientos faciales, gestos imperceptibles que él sabe interpretar para revelar qué se esconde detrás de las palabras. 






El protagonista dirige una empresa dedicada a cooperar con la justicia y, gracias a sus dotes, determinar la culpabilidad de los sospechosos; tiene dos colaboradoras la mar de listas  –pero no tanto como él-que también saben leer las señales faciales.  Desde el primer episodio me encandiló, aunque he de reconocer que después de ver media docena ya he perdido interés porque, como pasa casi siempre con las series, se repite el patrón y las historias son previsibles, un error imperdonable.


La cuestión es que en la serie, me he redescubierto, sí, yo también sé leer el lenguaje facial y corporal. Al igual que una de las ayudantes del doctor Lightman (imperdible nombre) el conocimiento del lenguaje no verbal me viene de nacimiento. No es por hacerme la chula, pero mientras veía la serie pensaba, caray, si eso ya lo practicaba yo en mi tierna infancia. Sucede que con el tiempo y el saber profesional y libresco, la intuición queda relegada a un espacio cada vez más reducido y, como cualquier habilidad natural, si no se practica casi se pierde.

Anny Ondra, Carl Lamarc, 1930



La palabra adquiere unas proporciones descomunales en el discurso humano, inmerecida en mi opinión, porque si el lenguaje es fundamental para entendernos, los límites del lenguaje son los límites de nuestro mundo (Witggenstein)  las señales involuntarias de nuestro cuerpo tienen un poder comunicativo muy superior. Ahí tenemos como ejemplo  el discurso político y religioso, o cómo el lenguaje sirve para traicionar los hechos, pero para quien sepa observar y traducir los gestos, el engaño de los líderes queda al descubierto.       

Afirman los que saben que el tono de voz y la modulación transmite un 30% del mensaje; el lenguaje corporal (incluye los músculos faciales) el 80%, así que nos queda un esmirriado 7% para trasmitir lo que queremos decir y conseguir que nos crean. 

Quizás por esa  razón la literatura es la mejor y más eficaz mentira, sólo la palabra  escrita, desprovista de referencias físicas logra que la verdad aflore por encima de la verdadera intención del autor.



domingo, 4 de febrero de 2018

Función de onda a las doce





Una de las formas de representación del estado físico de las partículas es la función de onda,  dimensión infinita  que reúne los posibles estados de la materia.  Quien quiera saber más sobre la función de onda que lea que a Von Neuman, Feynman, Max Born y otras notables mentes de la física más avanzada, porque nada más puedo ni sé explicar.  


¿Por qué elegí este título para mi novela?  Porque función es palabra  polisémica, tanto designa una sesión de teatro como la actividad concreta de un órgano biológico, instrumento mecánico, musical, atribución administrativa o, una simple y entretetenida función de circo. 

En cuanto a onda, más de lo mismo: onda o caracolillo, pliegue en el pelo, en el vestido, en un líquido; onda que es también la forma de  propagar los campos electromágnéticos en el espacio. ¿Y doce?  Las doce uvas, apóstoles, el sistema musical dodecafónico, ese sistema atonal que me pone de los nervios; la doce del mediodía, de la noche, los doce hombre sin piedad y tantos doces que no enumero para no cansar. 


Función de onda a las doce, abre un campo de significados casi infinitos de los que me aprovecho para contar, entre risas y lágrimas, la vida de una mujer cincuentona, en paro que, la muy ilusa, cree en la literatura, preciso: cree que si escribe una novela saldrá de la pobreza y  conseguirá pagar la hipoteca de su casa. ¡Pobrecilla! 

He colgado en el lateral, Función de onda a las doce para quien quiera leerlo, es gratuito y descargable, si alguien saca algo en claro, le agradeceré que me lo haga saber.    

La ilustración del libro es un regalo de Marina Durany, pintora y músico.  
  

domingo, 29 de octubre de 2017

Juntos y revueltos





¡Qué tiempos espléndidos ha vivido la humanidad! Sí, no todo fueron tinieblas y barbarie. Hubo momentos históricos que propiciaron la construcción de sociedades más tolerantes y ricas, aunque más tarde, guerras, dictaduras y totalitarismos destruyeran los avances.  Parece que estemos bajo el influjo de una maldición: la que impide que la prosperidad y el progreso  dure más de medio siglo.    

Nos preceden hombres y mujeres que influyeron en los movimientos abolicionistas de la esclavitud, del trabajo infantil y de la trata de mujeres. Personas  que se comprometieron hasta la raíz, que perdieron  vida y patrimonio en la lucha por el  sufragio universal, por  la mejora de las condiciones a sociedad más justa e igualitaria. Pensadores cuya  defensa abarcaba la condición universal del ser humano.

Qué adorable y aleccionador leer hoy, desde este territorio en el que vivo, las palabras de Benjamín Constant. "Sea el ser humano salvaje o civilizado, posee la misma naturaleza, las mismas facultades originarias y la misma tendencia a emplearlas"


¿Qué quería significar
Constant?  Que la base del progreso humano descansa en el desarrollo de  libertades y derechos que no distingue  lugar de nacimiento o residencia, ni cualquier otra condición  que no sea la naturaleza humana para ser reconocidos.

Hay que retomar esta pasión por el concepto de igualdad, contraria a la presunta desigualdad  -y consiguiente desprecio- de quienes no pertenecen a determinada comunidad, lingüística, étnica, etcétera.


El principio de igualdad es el primer mandamiento humanista;  el segundo,  abolir la instrumentalización del otro. El uso de las personas  para defender una idea abstracta, por ejemplo, una bandera, porque es intolerable sacrificar a la gente para la defensa de un símbolo, idea o ideología.


El amor es el valor más elevado de las sociedades humanas, escribió Constant: "Una palabra, una mirada o un apretón de manos siempre me ha parecido preferibles a toda razón y a todos los tronos de la tierra".


El amor -aprecio por el otro, afecto y respeto- es la energía principal  entre las personas, pero también ha de alimentar la vida pública. Si  rechazamos utilizar a las personas para fines particulares o generales, si no olvidamos que las instituciones políticas  están al servicio de la gente, y no a la inversa, quizás la política deje de estar habitada por individuos infantiles, narcisistas que son capaces de cualquier cosa con tal de salirse con la suya. 

Feliz otoño.    







sábado, 2 de septiembre de 2017

La amiga escritora de mi amiga



The New yorker.Vintage-spirit. blogspot.com

                                            

La amiga de una amiga es escritora. Ha escrito una novela autobiográfica que nadie ha leído todavía. Perdón, sí, la ha leído una editora, o eso afirma en su carta de rechazo. Por lo visto es imposible publicar la susodicha novela porque no encaja con los criterios de la editorial. La escritora amiga de mi amiga ha pasado un verano horroroso; con el calor que ha hecho, se  pasó los días de julio y agosto  en plena tiritera,  debido a la rabia y la frustración que le provocó la falta de sensibilidad de la editorial. 

 La  novela es una monada asegura  mi amiga, aunque no la ha leído, pero pondría la mano en el fuego porque su amiga la escritora es súper simpática y el  hecho relatado, cierto, además de una pura exhibición de ingenio literario y profundidad psicológica. Mi amiga me cuenta que conoce la trama al dedillo porque fue testigo del sucedido: una jubilada –su amiga- de setenta y cuatro años se enamora de un policía local de cuarenta y dos años. Es correspondida hasta la extenuación. Por si eso no fuera ya muy excitante y sobre todo, muy reivindicativo de la libre sexualidad de las mujeres ancianas, añade al argumento un elemento de complejidad político administrativo. Resulta que la protagonista conoció al policía cuando  este depositaba  una multa en el parabrisas de su coche. Por aparcar delante de una zona reservada a las autoridades: oiga señora, ¿es que no ha visto la señal?  

De esa fortuita infracción, con posterior sanción económica, surgió una relación pasional inaudita que convirtió al guardia en prevaricador –le quitó la multa por amor-y a ella en una amante  salvaje que en las horas libres escribe, y de  pe a pa,  todas las vicisitudes y detalles de sus encuentros íntimos. Según mi  amiga, es una novela erótica, política, romántica y social.




¿Qué cómo acaba? El policía ha prosperado en el escalafón, es sargento y ella, desde el ascenso de su amado,  aparca donde le viene en  gana. Con un argumento semejante, de absoluta actualidad, la editora, incomprensiblemente, remitió la siguiente contestación:

Recibimos su paquete el lunes, así, como si nada, sin estar preparados. Algo aturdidos, abrimos la caja  y nos encontramos con este montón de papel atado como un salchichón. Desconcertados, con manos temblorosas, nos apresuramos a leer su manuscrito. Desde las primeras líneas su estilo nos dejó atontados. Cada página era como una bofetada que le dan a uno en pleno rostro, fríamente y sin motivo. Visiblemente contrariados, ninguno de nosotros ha tenido el valor de leer esta cosa hasta el final. Trastornados, descompuestos, no hemos tenido más remedio que tirarlo a la basura. Sí, ha entendido bien, lo hemos destruido. Dadas las circunstancias, eran lo único razonable que se podía hacer. Su historia nos embistió como una locomotora. Y eso, señora, no es normal. Por el bien de todos, haga el favor de dejar de escribir antes de que esto acabe mal” *

El texto en cursiva pertenece a una de las cartas de rechazo incluidas en el desternillante libro El arte de rechazar una novela, de Camilien Roy.  Es un libro aleccionador -y consolador- para quienes pretenden que una editorial publique su primera novela. Curte porque recoge un amplio catálogo de cartas de rechazo, de manera que al autor novel no le vendrá de nuevas la negativa; también  hay alguna carta de felicitación porque esa primera novela, la gran novela,  fue enviada por error  a un domicilio privado. Así que la familia disfrutó con la lectura y le pide al autor más manuscritos. 


Muchas de las cartas son crueles, despreciativas y otras, correctas, amables, pero casi todas exhiben  un tono reconocible para quienes hayan experimentado  el no y son, en su mayoría, una ejercicio de sentido del humor que ayudará a pasar el trago con mejor ánimo.